El Monasterio

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—No, señora Elspeth —contestó el molinero soltándose el cinturón, que le servía para sujetar su mano y colgar su espada, verdadera hoja de Andrés Ferrara—; no regañéis a Martín, pues no le guardo rencor. Defiendo mi derecho de molienda porque, como dice la canción.

Me alimenta el producto de mi molino.

¡Que el Cielo lo bendiga, porque de él vivo!

Debo mi subsistencia al molino, y le soy adicto, como digo a mi mozo, con razón o sin ella. Así, Mysie, quítate el abrigo, puesto que nuestra vecina se alegra tanto de vemos. Yo no me alegro menos de encontrarme en su casa, pues en toda la jurisdicción de la abadía no hay otra persona que pague tan bien los derechos de la molienda, ni que envíe con tanta regularidad sus granos a mi molino.

Y sin más ceremonia alivió a sus hombros de la carga del amplio abrigo que los cubría para colgarlo en un asta de ciervo que pendía del muro, y que servía de percha.



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