El Monasterio

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Elspeth, por su parte, ayudaba a Mysie, a la que consideraba ya su nuera, a quitarle su gran manto de capucha, operación que le permitió admirar mejor a la hija del rico molinero. Mysie llevaba un vestido blanco cuyas costuras estaban recubiertas de un bordado de seda verde mezclada con hilo de plata; y redecilla del mismo color sobre sus cabellos negros, que se escapaban por debajo en largas trenzas naturalmente ensortijadas. Su rostro era muy agraciado; los ojos, negros, rasgados y expresivos; la boca muy pequeña; los labios, rosados, aunque algo gruesos, y los dientes de una blancura perfecta. Un hoyuelo en la barbilla y otros que se le formaban en las mejillas, al sonreír, que era casi siempre, dábanle una expresión de dulzura encantadora. Aunque sus rasgos amenazaban volverse varoniles dentro de algunos años, defecto común a las bellezas escocesas, Mysie, que entonces tenía dieciséis abriles, poseía la estatura y la figura de Hebe, y Elspeth no pudo por menos de reconocer que a Alberto le sería difícil encontrar una joven parecida. Mysie era algo ligera y Alberto no tenía todavía diecinueve años; pero esto, para la buena señora, no era obstáculo para que se casaran.





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