El Monasterio

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Deseando, pues, conquistar a su futura nuera, le prodigó cumplimientos respecto a sus encantos y su tocado. Mysie la escuchó complacida durante cinco minutos, después de los cuales se rio de ella, pues la naturaleza, al dotarla de un carácter alegre, le había dado también una buena dosis de malicia. Hasta a Happer le molestaron tantos elogios prodigados a su hija, y concluyó por interrumpirlos, diciendo:

—Sí, sí; no está mal. Pronto podrá cargar un saco de harina. ¿Pero dónde están vuestros hijos, señora Elspeth? Alberto se ha vuelto algo retozón, según se dice.

—¡No lo quiera Dios, vecino! ¡No lo quiera Dios! —exclamó Elspeth vivamente, pues era herida en su parte más sensible el insinuarle que Alberto podría llegar a ser un merodeador. Sin embargo, temiendo haber dejado traslucir sus propios temores, se apresuró a añadir que, aunque desde la derrota de Pinkie temblaba al ver un arco o una lanza, o al oír hablar de guerra, sus hijos, gracias a Dios, vivían como fieles y pacíficos vasallos de la abadía, como habría hecho su padre si no hubiera ocurrido la contienda que causó la muerte de tantos hombres honrados.



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