El Monasterio

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Indudablemente existe entre los jóvenes de uno y otro sexo cierto sentimiento que les mueve a apreciarse mutuamente, sin necesidad de largas conversaciones, haciéndoles contraer amistad y familiarizarse pronto. Solo cuando el comercio de la vida nos ha enseñado a disimular, aprendemos a ocultar nuestro carácter y a substraemos a la observación, disfrazando nuestros verdaderos sentimientos a los que se relacionan con nosotros.

Como consecuencia de esta natural inclinación, ambas jóvenes se ocuparon pronto en cosas propias de su edad. Primero visitaron los pichones de María, y después examinaron detenidamente el guardarropa, que, aunque modesto, contenía, sin embargo, algunas prendas que provocaron la admiración de Mysie, demasiado bondadosa y harto ingenua para ser envidiosa. Un rosario de oro y algunas alhajas más, salvadas del saqueo por la presencia de ánimo de Tibb más que por la de lady Avenel, a quien en aquel momento fatal le fue imposible ocuparse en esos cuidados, llamaron poderosamente la atención de la hija del molinero, pues, excepción hecha de las estatuas de los santos y los relicarios de la abadía, creía que era casi imposible que hubiese en el mundo entero tanto oro como se necesitaba para labrar aquellas joyas. María, aunque exenta de vanidad, gozaba con la sorpresa que revelaba su ingenua compañera.


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