El Monasterio

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Pronto se hicieron amigas, y Mysie preguntó a lady Avenel por qué no asistía a las fiestas de la aldea. En aquel momento se oyeron pisadas de caballos que se detenían a la puerta de la torre, y, sin esperar la respuesta, Mysie corrió precipitadamente hacia la ventana impulsada por una viva curiosidad.

—¡Santa María!… —exclamó—. Dos caballeros bien montados acaban de llegar. Venid a verlos.

—¿Para qué? —contestó María—. Ya me diréis quiénes son.

—Como os plazca… pero no los conozco. Esperad, señorita Avenel. Uno de ellos es un hombre de armas, que tiene las manos poco delicadas, según dicen. Es Cristián Clint-hill, el escudero de vuestro tío. No trae su viejo jubón verde y sus placas de hierro oxidadas; está vestido con un traje escarlata con galones de plata de tres pulgadas de ancho, y su coraza está tan brillante que puede servir de espejo. Venid, venid, pues, a verle.

—Si es Cristián —contestó tranquilamente la huérfana de Avenel—, ya lo veré antes de lo que quisiera. ¡Como su presencia me es tan grata!

—Pues si no queréis asomaros a la ventana para ver a Cristián —insistió la joven molinera, llena de curiosidad—, venid para decirme el nombre de su compañero, el más hermoso joven que he visto en mi vida.


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