El Monasterio

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—Es mi hermano de leche, Alberto —contestó María, con indiferencia, pues tal era el hombre que daba a los dos hijos de Elspeth, con quienes vivía como si realmente fueran sus hermanos.

—No: ¡por la Virgen Santa!, no es él: conozco bien a los dos Glendinning. Creo que este caballero no es del país. Lleva una montera de terciopelo carmesí, de la que se escapan largos cabellos negros; casaca y calizas de color azul celeste, ribeteadas con raso blanco; y, por toda arma, una espada al cinto. Si yo fuera hombre no usaría más que la espada o la daga, armas tan ligeras como elegantes, que valen más que el gran sable de mi padre, que pesa, por lo menos, veinte libras, con su empuñadura oxidada. ¿No os gustan la espada y la daga, señorita?

—La mejor arma es la que se saca para defender mejor causa, y de la que nos servimos mejor.

—¿No adivináis quién es ese extranjero?

—Su compañero no inspira deseos de conocerle.

—Está apeándose del caballo. Estoy tan contenta, como si mi padre me hubiera regalado los pendientes de plata que me ha prometido mucha veces. Aunque no os hayáis asomado a la ventana, el resultado es el mismo, pues tarde o temprano tendréis que verle.


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