El Monasterio

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María acercóse al fin, a la ventana, y vio que quien acompañaba a Cristián era un caballero vestido con afectada elegancia. A juzgar por sus modales, la riqueza de su traje y lo costoso de los arneses de su caballo, el desconocido debía ser un distinguido personaje.

—¡Hola! —gritaba Cristián alzando la voz, con más insolencia que de ordinario—. ¡Hola! ¡Ah de la casa! ¿No se quiere contestar cuando llamo? ¡Martín! ¡Tibb! ¡Señora Elspeth! ¿Está permitido hacemos esperar, estando nuestros caballos sudorosos y jadeantes?

A fin salió Martín a recibir a los recién llegados.

—¡Ah! ¿Estás aquí, amigo? —dijo el escudero de Julián Avenel—. Vamos, toma estos caballos, condúcelos a la cuadra, dales pienso y almoházalos hasta que no les quede un solo pelo levantado.

Martín llevó los caballos a la cuadra; pero, cuando pudo desahogar su indignación, dijo a Jasper, un gañán que había ido a ayudarle, y que había oído las órdenes terminantes de Cristián:

—¡Se diría que ese bandido es un laird o, por lo menos, un lord! Pues recuerdo muy bien haberle visto acogerlo por caridad en el castillo de Avenel, donde lo ocupaban en dar vueltas al asador en la cocina. Ahora está hecho un personaje, blasfemando a diestro y siniestro y mandando al diablo a todo el mundo. Tengo ganas de poder decirle que cuide él mismo de su caballo.


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