El Monasterio
El Monasterio Sir Piercie Shafton hizo una inclinación de cabeza, y exhalando un suspiro capaz de romper su coraza de acero, se expresó asÃ:
—Reverendos padres, permitidme que suspire, pues he salido del paraÃso para entrar en el infierno; he abandonado la corte real de Inglaterra para venir al rincón obscuro de un desierto y de acceso imposible; dejo la lid donde estaba dispuesto siempre a romper una lanza con mis iguales en defensa del honor o del amor, solo por esgrimirla contra los audaces bandidos y viles merodeadores; he renunciado a los brillantes y espléndidos salones donde bailaba con gracia la danza más grave, para venir a tomar asiento en el rincón de una chimenea ahumada, en una perrera de Escocia; he dejado de oÃr los acordes maravillosos del laúd para que me desgarren el tÃmpano los sonidos disonantes de la flauta; y, en fin, abandono las sonrisas de las beldades que se agrupan en torno del trono de Inglaterra por la frÃa cortesÃa de una chiquilla ignorante, y las miradas de extrañeza de la hija del molinero. Agregaré, además, que he cambiado la conversación de los galanes caballeros, de los amables cortesanos, de los hombres de mi alcurnia, cuyos pensamientos son vivos y deslumbradores como el rayo, por la de frailes y otras gentes de Iglesia… ¡Pero serÃa una inconveniencia insistir en este punto!