El Monasterio

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Mientras sir Piercie se lamentaba de esta suerte, el abad abría desmesuradamente los ojos, revelando que su inteligencia no alcanzaba la altura de los talentos oratorios del caballero; y cuando este se detuvo para tomar aliento, el padre Bonifacio dirigió una mirada al subprior, como diciéndole que no sabía cómo contestar a aquella extraña peroración.

El padre Eustaquio, apresurándose a sacar de apuros a su superior, dijo:

—Caballero, sentimos mucho los numerosos perjuicios que habéis tenido que sufrir, especialmente el de veros obligado a soportar el trato de gentes que, comprendiendo que no son dignas de tal honor, estaban muy lejos de desearlo. Pero esto no nos dice cuál es la causa de tantos desastres; o, hablando más claro, no sabemos el motivo que os ha colocado en una situación que tanto os desagrada.

—Vuestra reverencia debe dispensar a un desgraciado que, al referir sus desventuras, no puede, por menos, que hacer resaltar este cuadro, como el hombre caído en el fondo de un precipicio eleva los ojos al cielo para apreciar la altura de donde la desgracia lo ha arrojado.

—Me parece —continuó el padre Eustaquio— que le convendría más revelar a las personas que acuden en su socorro, cuál es el miembro que se ha roto.


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