El Monasterio
El Monasterio —Tenéis razón, señor subprior. Me habéis dado una estocada certera, mientras la mÃa ha dado en el vacÃo. Perdonadme que emplee este lenguaje, que debe sorprender a vuestros reverentes oÃdos. ¡Conjunto de bravura y de belleza! ¡Altar del amor! ¡Ciudadela del honor! ¡Celestiales beldades cuyos ojos brillantes constituyen un adorno! Piercie Shafton no balará más a la arena. ¡Él, que causó la admiración de todos, con la lanza en ristre, apretando los ijares de su corcel al son de las trompetas, acometiendo a su adversario, rompiendo su lanza hábilmente y dando después la vuelta a un cÃrculo encantador para recibir la recompensa que la belleza tributa a la caballerosidad!…
Al decir esto, sir Piercie retorciose las manos, levantó los ojos hacia el cielo y pareció abismarse en profundas reflexiones.
—Está loco, loco de remate —dijo en voz baja el abad al subprior—; quisiera verme libre de él, pues temo que de la locura pase a la cólera. ¿No serÃa prudente llamar a nuestros hermanos?