El Monasterio
El Monasterio El padre Eustaquio distinguía mejor que su superior la locura y sabía a qué extremos conduce la afectación del lenguaje. Dejó que el caballero se calmara, y luego le recordó que el reverendo abad, al emprender un viaje tan penoso para su edad y tan contrario a sus costumbres, no se había propuesto otra cosa que averiguar en qué podía serle útil, y que para ello le era necesario saber de una manera cierta el motivo que le obligaba a buscar un refugio en Escocia.
—El sol avanza en su carrera —añadió mirando hada una ventana—; y si el abad se ve obligado a regresar al monasterio sin enterarse, d sentimiento podrá ser mutuo, pero vos solo sufriréis las consecuencias.
Esta observación produjo su efecto.
—¡Diosa de la cortesía, será posible que yo olvide vuestras leyes hasta el extremo de hacer perder d tiempo al abad oyendo vanas lamentaciones!… Vuestras reverencias sabrán, pues que soy próximo pariente de los Piercie de Northumberland, que disfruta de universal renombre, cuya historia voy a contaros brevemente…
—No es necesario —interrumpió el abad—; ya conocemos a ese noble y fiel señor, uno de los sostenes más fervientes de la fe católica, a pesar de la hereje que ocupa el trono de Inglaterra. De vos es de quien deseamos que habléis.