El Monasterio
El Monasterio —MartÃn —dijo, al cabo de unos minutos—, ¿no habéis advertido desde hace poco tiempo un cambio en mÃ?
—¿Desde hace poco? SÃ, desde ayer. Erais vivo, impaciente, impetuoso e irreflexivo; y hoy, sin perder nada de vuestro ardor natural, habéis adquirido una nobleza y dignidad que no habÃais tenido jamás.
—¿Y podéis apreciar si una persona posee nobleza o dignidad?
—¿Por qué no? ¿Acaso no he acompañado a mi amo Gualterio Avenel, en la villa, en la corte y en los campamentos? Para recompensarme me hizo construir una cabaña y me autorizó para alimentar en sus prados todo el ganado que quisiera. Al hablaros, advierto también que uso expresiones más escogidas que de costumbre, y aunque no sé por qué, mi acento del Norte es más pronunciado.
—¿Y no os explicáis la causa de esta metamorfosis que hemos sufrido?
—¡Por la Virgen, yo no he sufrido ninguna!… Es que de pronto os he hablado como hablaba a mi antiguo señor, hace treinta años. Es extraño que vuestra compañÃa me produzca un efecto que no me habÃa producido hasta ahora.
—¿Creéis que poseo alguna cualidad que pueda elevarme algún dÃa al nivel de esos hombres orgullosos que ahora me desprecian?