El Monasterio

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—Sin duda, Alberto —contestó, después de una breve pausa—, así podría ocurrir. He visto corderitos endebles que llegaron a ser los corderos más hermosos del rebaño. ¿No habéis oído nombrar nunca a Hughie Dun, que abandonó el país hace unos treinta y cinco años? Era un muchacho muy bien educado; sabía leer y escribir como un fraile y manejaba la lanza y el broquel mejor que un caballero. Lo recuerdo como si lo estuviera viendo. Jamás hubo otro igual en los dominios de Santa María. Pronto subió.

—¿Y a qué llegó? —preguntó Alberto vivamente.

—¡Oh! —exclamó Martín, irguiéndose—. Llegó a ser criado del arzobispo de San Andrés.

—¡Cómo! ¿Eso es cuanto le valieron sus conocimientos y sus talentos?…

A su vez, Martín lo miró de un modo que revelaba la mayor sorpresa.

—¿Y a qué más podía haber llegado? El hijo de un vasallo de la Iglesia no es madera de la que se hacen caballeros y lores; el valor y la ciencia son impotentes para ennoblecer a un aldeano. Pero eso no impide que haya podido dar a su hija, cuando se casó con el bailío de Pittenween una dote de quinientas buenas libras en plata de Escocia.


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