El Monasterio
El Monasterio Mientras Alberto buscaba una respuesta, cruzó el sendero un venado; inmediatamente el joven blandió el arco, disparó, y el animal cayó muerto sobre el césped.
—Un venado para la señora Elspeth —dijo MartÃn—. ¿Quién hubiera creÃdo que en esta estación se acercaran tanto los venados al valle? ¡Es un animal soberbio! ¡Tres pulgadas de grasa sobre el pecho! La suerte os favorece. Si se os antojara, llegarÃais a ser uno de los hombres de armas del abad, y tendrÃais casaca roja como el más bravo de ellos.
—¡Si llego a servir algún dÃa a alguien, será a la reina! Cuidaos del venado, MartÃn, pues yo voy a dar una vuelta por el pantano. Tengo aún unas cuantas flechas, y si encuentro algunos patos salvajes…
Dicho esto, Glendinning se alejó precipitadamente, y MartÃn le siguió con la vista hasta que desapareció a lo lejos.