El Monasterio
El Monasterio —Este joven —dijo el anciano— subirá mucho si la ambición no lo pierde. ¡Servir a la reina! Seguramente tiene servidores que no valen tanto. Y, ¿por qué no? Solo los que suben la escalera pueden llegar hasta el último peldaño. Vamos, vuestra señorÃa —agregó hablando con el venado—; es preciso que lleguéis a Glendearg con mis dos piernas algo más despacio de lo que hubierais podido llegar sobre vuestras cuatro patas. ¡Uf! ¡Pesáis mucho! Me contentaré con llevar primero vuestro cuarto trasero y volveré con un caballo por el resto.
Mientras MartÃn trasladaba el venado a la torre, Alberto continuaba caminando, respirando con más facilidad desde que se habÃa separado de su compañero.