El Monasterio

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—¡Criado del arzobispo de San Andrés! —repetía—. ¡Criado de un prelado orgulloso! ¡He ahí lo que se considera el colmo de las esperanzas de un vasallo de la Iglesia! ¡Si no me inspiraran una repugnancia invencible esas rapiñas nocturnas, preferiría cien veces más empuñar la lanza y alistarme como escudero de algún barón! Sin embargo, es preciso adoptar una determinación; no puedo vivir aquí más tiempo, menospreciado, deshonrado, despreciado por el primer extranjero con espuelas doradas que venga del Sur. A ese ser misterioso, espíritu, fantasma o lo que sea, deseo verlo una vez más. Desde que le he hablado y he tocado su mano, se me ocurren pensamientos que no tenía antes. Yo, que encuentro demasiado pequeño para mi ambición el valle en que vivió mi padre, ¿me he de dejar ultrajar en él por un cortesano vano y frívolo, en presencia de María Avenel? ¡No, no lo sufriré!

Discurriendo de este modo, Alberto llegó cerca del agreste retiro llamado Corri-nan-shian. Era el mediodía. Durante algunos instantes contempló el manantial, como si tratara de adivinar la acogida que le iba a dispensar la Dama Blanca. Esta no le había prohibido terminantemente evocarla de nuevo; pero las palabras que pronunció al despedirse de él fueron casi una prohibición de que volviera a llamarla en su ayuda.


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