El Monasterio

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—Nosotros somos viajeros —respondiole el abad—, y «a los viajeros está permitido…» etc. Ya conocéis el canon. En cualquier casa que entréis, dice San Pablo, comed lo que os dicen. Os dispenso hoy a todos de comer de vigilia, a condición de que vosotros, hermanos míos, recéis esta noche el Confíteor después de Completas, y que vos, caballero, hagáis una limosna proporcionada a vuestros medios. Además, todos vosotros os abstendréis de comer carne un día cualquiera del próximo mes.

Y al mismo tiempo que el abad limitaba la dispensa que generosamente ofrecía, engullía la primera magra de venado rociándola con un vaso de vino del Rin.

—Tienen mucha razón los que dicen —agregó, después de servirse una segunda tajada— que la virtud obtiene su recompensa en ella misma. Esta colación es bien humilde; ha sido preparada y servida en una casa muy modesta, pero no he comido jamás con tan buen apetito desde que era simple hermano en el convento de Dundrennan, y pasaba el día cultivando el jardín. Entonces llegaba al refectorio muerto de hambre y con la garganta seca por la sed; pero en cambio, no conocía los males de estómago que me imponen ahora el uso de buenos vinos y carnes escogidas que me faciliten la digestión.


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