El Monasterio
El Monasterio —Habéis aprendido temprano a formar proyectos sin consultar a vuestros superiores. ¿Puede saberse cuáles son esos proyectos?
—Dejaré a mi hermano y a mi madre la parte que me corresponda en el feudo de Glendearg, de que fue poseedor mi padre, y, después de suplicar a vuestra reverencia que continúe siendo para ellos un padre tan bondadoso y tan generoso como lo fuisteis siempre, iré a buscar fortuna a otra parte.
La señora Elspeth, no pudiendo contenerse más, exclamó:
—¡Oh, hijo mÃo! ¡Hijo mÃo!
—¡Hermano mÃo! ¡Hermano mÃo! —dijo al mismo tiempo Eduardo al oÃdo de Alberto.
El subprior, sabiendo que la amistad que siempre habÃa manifestado a la familia Glendinning le autorizaba a reprender a Alberto, le dijo:
—Joven insensato, ¿qué locura es la que os hace rechazar la mano protectora que se extiende para protegeros? ¿Acaso vuestras ideas visionarias os conducirán a un fin que os indemnice de la situación honrada e independiente que sacrificáis?
—¡Cuatro marcos de plata al año, bien y debidamente pagados! —repitió por vigésima vez el hermano sumiller.
—El derecho de pastoreo —coreó el hermano cocinero—, un tonel de cerveza doble…