El Monasterio

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Supongo que Mattocks sospechó que iba a emplear aquellos minutos en practicar nuevas pesquisas en las sepulturas, porque se deslizó detrás de una columna de la nave para acechar; pero no tardó en acercarse a mí de nuevo para susurrarme al oído que el extranjero se había arrodillado sobre la piedra fría, y rezaba como un santo.

Retrocedí y le vi en aquella piadosa actitud. Me pareció que rezaba en latín, aunque el murmullo solemne de su voz apenas se distinguía.

—¡Cuántos años han transcurrido desde que en las bóvedas de este antiguo convento no resuenan los acentos del culto para que fue construido con tanta magnificencia!, pensé; y, luego, dirigiéndome al sacristán, agregué:

—Vamos, Mattocks; no nos importa.

—Sin embargo, capitán —repuso—, haríamos mal en perderle de vista. Mi padre, que era chalán, ¡Dios lo tenga en su gloria!, decía que nunca había sido engañado más que por un whig de Kilmarnock, que jamás bebía un vaso de whisky sin hacer la señal de la cruz. Apuesto a que ese extranjero es un católico romano.

—Habéis adivinado —le dije.


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