El Monasterio

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—He visto dos o tres de esos sacerdotes fugitivos que pasaron por aquí hace aproximadamente veinte años. Saltaban como locos al ver las cabezas de los frailes y de las monjas en el claustro de la abadía, y hasta parecía que saludaban a antiguos conocidos… ¡Mirad! ¡Está tan inmóvil como piedra sepulcral! No he visto de cerca más que a un católico romano, Jacobo de Pend, que era el único que había en el país; pero este no se arrodillaba nunca sobre la losa fría… ¡Qué buenos ratos hemos pasados juntos, en la posada de allá abajo!… Cuando murió, hubiera querido enterrarlo; pero algunos individuos de su secta vinieron a buscar su cuerpo, y, sin duda, le dieron sepultura… ¡Silencio! El extranjero llega.

—Alumbra con tu linterna, Mattocks. Este pasadizo es muy penoso.

—Sí —confirmó el benedictino, quien, después de una pequeña pausa, agregó—: San Francisco me proteja. ¡En cuántos sepulcros he tropezado esta noche!

—Ya hemos salido del cementerio —le contesté—, y no tardaremos en llegar a casa de David, donde encontraremos una buena lumbre para hacer alegremente esta noche nuestro trabajo.


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