El Monasterio
El Monasterio Al llegar a la posada, penetramos en una salita adonde Mattocks, demasiado atrevido, pretendió seguimos; pero David, cogiéndolo por los hombros, lo echó fuera, maldiciendo su indiscreta curiosidad que no dejaba a los huéspedes tranquilos ni aun en su posada.
David, en cambio, no se consideraba allí un intruso, pues no abandonaba el extremo de la mesa en que se había puesto la caja de plomo, dentro de la cual se encontró, como había anunciado el extranjero, otra de pórfido, que solo contenía una substancia seca, en la que era imposible conocer la forma ni el color, a pesar de las precauciones que se habían adoptado para impedir que se corrompiese aquel corazón humano, si realmente lo era.
Nos abstuvimos de contradecir al benedictino, a quien ofreció David su influencia para acallar los rumores inoportunos que el suceso pudiera originar. También nos hizo el honor de acompañarnos a la mesa, de la que tomó la parte del león, es decir, dos botellas de vino de España, que le animaron de tal modo, que sancionó el rapto del corazón por el extranjero, y hasta hubiera autorizado el de la abadía, si la proximidad del ruinoso edificio a la posada no hubiera contribuido a la prosperidad de su negocio.