El Monasterio
El Monasterio Un hombre bajaba al valle; pero no era ni un pastor ni un cazador, únicos seres que podían encontrarse en aquellas soledades, sobre todo hacia el lado del Norte, donde se extendía el pantano en que el río tenía su nacimiento.
Sin pensar, en quién pudiera ser aquel hombre, ni cuál el fin de su viaje, Glendinning bajó de la roca, no sin gran peligro, aunque sin tropiezo, con el propósito de ir a implorar sus auxilios y sus consejos, y corrió precipitadamente al sitio donde lo había visto, pero sin poder alcanzarle ni distinguirle.
Alberto empezaba ya a temer que algún fantasma, creación de su fantasía o de los espíritus que se suponía que habitaban el valle, hubiera fascinado sus sentidos, cuando al rodear una roca enorme vio a poca distancia suya a un hombre en hábito de peregrino. ¡Su alegría fue inmensa!
El desconocido parecía ya anciano, tenía la barba muy larga y llevaba un sombrero de alas muy anchas y una especie de doble túnica de jerga negra, cuya parte superior le bajaba sobre los brazos. Un saco sujeto con una cuerda a la espalda, una vasija de cuero suspendida al costado y un grueso cayado en la mano, completaban su equipo. Andaba con lentitud, como si estuviera muy cansado.
—Glendinning no tardó en alcanzarlo.