El Monasterio

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—¡Dios os guarde, padre! —le dijo—. El Cielo os envía en mi ayuda.

—¿En qué, hijo mío, puede seros útil una criatura tan débil? —preguntóle el anciano, sorprendido al verse abordado de aquella manera por un joven vigoroso con el rostro descompuesto y lleno de inquietud, los ojos extraviados, la frente sudorosa y las manos ensangrentadas.

—En este valle, y a dos pasos de aquí, hay un hombre herido y sobre un charco de sangre. Venid conmigo; venid, anciano; vos debéis tener experiencia, o al menos estáis en posesión de vuestros sentidos; los míos casi me han abandonado.

—¡Un hombre sobre un charco de sangre! ¡En este paraje tan desierto!

—Sí, padre mío, sí; pero no es este el momento de interrogarme. Venid a socorrerle. Seguidme.

—Hijo mío, no se sigue a ciegas al primero que le sale a uno al paso en un lugar desierto. Antes de seguiros, quiero que me expliquéis…

—¡No hay tiempo para explicaciones! —exclamó Alberto—. Se trata de la vida de un hombre; y, si no me seguís por voluntad, me seguiréis por fuerza.


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