El Monasterio
El Monasterio —Si lo que me decÃs es cierto, os seguiré de buen grado, y con mayor motivo, puesto que tengo algunos conocimientos de cirugÃa y llevo en el morral algunos medicamentos. Andad más despacio, os lo ruego, pues sucumbo al cansancio.
Glendinning, con la impaciencia de un corcel fogoso a quien su jinete obliga a acomodarse a la marcha de un mal rocÃn, refrenó su paso, devorado por una inquietud que se esforzaba en disimular para no alarmar al extranjero, que no parecÃa tener mucha confianza en él. Al llegar al sitio que debÃan bordear para ganar el barranco que conducÃa al Corri-nan-shian, el anciano se detuvo ante el aspecto aun más agreste del camino.
—Joven —dijo—, si meditáis alguna traición contra mÃ, poca cosa ganaréis, pues no poseo tesoros que puedan despertar la avaricia del ladrón o del asesino.
—No soy una cosa ni otra; pero puedo llegar a ser asesino si tardáis en socorrer a un desgraciado.
—¿Será cierto? ¿Pueden las pasiones humanas turbar la naturaleza hasta en sus más profundas soledades? Pero ¿por qué he de extrañarme de que donde falta el temor de Dios, se cometen actos de inhumanidad? El árbol se conoce por sus frutos. Andad, desgraciado joven; os seguiré.