El Monasterio
El Monasterio Y, pareciendo olvidar su cansancio, el extranjero hizo los mayores esfuerzos para avanzar a medida del deseo de la impaciencia de su guía.
Pero ¡cuál no sería el asombro de Alberto cuando, al llegar al lugar del duelo, vio que sir Piercie Shafton había desaparecido! Solo su casaca se encontraba aún en el mismo sitio en que la había depositado. La hierba pisoteada conservaba aún las señales del combate, y el lugar en que había caído el caballero estaba cubierto de sangre.
Mirando en torno suyo, con terror y sorpresa, vio cerrada la sepultura que pocos momentos antes parecía esperar su presa. La víctima debía haber sido sepultada, pues la tierra estaba amontonada, formando una especie de túmulo recubierto de césped con el mayor cuidado.
Glendinning se quedó atónito. La mano que había cavado la fosa no había querido dejar su trabajo incompleto: ¿cuál podía ser esa mano, sino la del ser misterioso a quien él había invocado temerariamente y a quien había permitido ejercer una especie de ascendiente sobre su destino?
Retorciéndose las manos, alzando los ojos al Cielo y maldiciendo su vehemencia, entregábase a las más sombrías reflexiones, cuando la voz del extranjero, nuevamente desconfiado, le volvió a la realidad.