El Monasterio
El Monasterio —¡Piercie Shafton! ¿Sir Piercie Shafton de Wilverton, pariente, según se dice, de Piercie, conde de Northumberland? Si realmente le habéis dado muerte, permanecer en los dominios de Santa María es entregaros al verdugo. Seguidme, joven, y procurad evitar las consecuencias enojosas de vuestro crimen. Conducidme al castillo de Avenel, donde encontraréis seguridad y protección.
Antes de aceptar esta proposición, Alberto quiso reflexionar. Sin duda el abad desearía castigar de un modo ejemplar la muerte de sir Piercie Shafton, su amigo y huésped; y, aunque Alberto, antes del duelo, creyó que había apreciado bien las consecuencias del hecho desde todos sus puntos de vista, se olvidó una de extrema importancia, y era la resolución que debía adoptar en el caso de que Piercie sucumbiera. Volver a Glendearg era atraer sobre su familia, y hasta sobre María Avenel, el enojo del abad y de toda la comunidad, y huir era confesarse autor de la muerte del caballero, y toda la cólera del abad recaería sobre él.
Pero la amistad que el subprior profesaba a Eduardo le inducían a esperar la protección del religioso, y, tal vez, confesándole todo lo ocurrido, intervendría eficazmente en favor de su familia.