El Monasterio

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—Escuchadme. Inmolaros, sería una cobardía, y no tengo valor para haceros prisionero, pues vuestra sangre recaería sobre mi cabeza, y abandonaros solo y sin guía por estos desiertos sería inhumano. Voy, pues, a conduciros, como os he prometido, al castillo de Avenel; pero no me habléis una palabra más durante el camino, ni una sola, contra las doctrinas de la Santa Iglesia, a que me vanaglorio de pertenecer, por indigno que de ella sea. Cuando hayáis llegado, cuidad de no cometer ninguna imprudencia. El que entregue vuestra cabeza será espléndidamente recompensado, y a Julián Avenel le gustan las monedas de oro.

—¿Creéis que por el vil interés fuera capaz de vender la sangre de su huésped?

—No, si habéis sido invitado por él, pues por depravado que sea Julián, no se atrevería a violar las leyes de la hospitalidad. Aunque los escoceses no podamos sufrir la menor violencia, estas leyes son sagradas, y nuestro respeto a ellas llega hasta la adoración. Si alguno faltara, los parientes del culpable lavarían con su sangre la afrenta inferida a su familia y vengarían su honor. Pero, si vais a su castillo sin ser llamado, si no os ha hecho ningún ofrecimiento, corréis el riesgo de ser asesinado.


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