El Monasterio

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—Estoy en las manos de Dios; por su voluntad atravieso estas soledades arrostrando toda clase de peligros. Mientras pueda servir a mi Maestro, nada podrá detenerme; y, cuando, semejante a la higuera estéril, deje de producir frutos, ¿qué importa que se dé el primer golpe de hacha a un tronco inútil?

—Vuestro valor y vuestra abnegación son dignos de mejor causa.

—No hay causa mejor que la mía.

Los viajeros continuaron caminando en silencio. Alberto se orientaba bien entre las rocas y los pantanos que separaban el dominio de Santa María de la baronía de Avenel; pero, de vez en cuando, veíase obligado a detenerse para evitar a su compañero a atravesar los pantanos, en los que este se hundía a cada paso.

—¡Valor, anciano! —le decía al verle casi extenuado de fatiga—. No tardaremos en llegar a terreno más firme. ¿Creeréis que aquí mismo he visto al alegre halconero correr con la velocidad de un gamo, persiguiendo a su presa?

—Es verdad, hijo mío, pues seguiré dándoos este nombre, aunque hayáis dejado de llamarme padre. Así es como la juventud indiferente sigue el curso de sus diversiones frívolas, sin meditar en los peligros que ocultan los senderos en que se precipita a ciegas.


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