El Monasterio
El Monasterio —Ya os he dicho —contestó Alberto con firmeza— que no quiero oÃr nada que me recuerde vuestra religión.
—Vuestro padre espiritual no os hubiera hablado de otro modo, hijo mÃo, y tengo la seguridad de que me aprobarÃa.
—Ya sé que acostumbráis atraernos con palabras halagüeñas y a presentaros como ángeles de luz para extender más fácilmente el imperio de las tinieblas.
—¡Dios tenga piedad de los que calumnian a sus fieles servidores! No os ofenderé, hijo mÃo, tratando de convenceros en el acto, pues no hacéis más que repetir lo que os han enseñado. Sin embargo, confÃo en que algún dÃa un buen corazón como el vuestro, se salvará como un ascua sacada de entre las llamas.
Los viajeros habÃan salido de los pantanos, y descendÃan por un sendero. Encontrábanse en el Greenward, cuya lÃnea estrecha y verde, que se divisaba a alguna distancia, contrastaba con los arbustos de color obscuro que la atravesaban, aunque esta distinción no fuera apreciada cuando se le recorrÃa.
El anciano pudo desde entonces continuar su camino con más comodidad; y, no queriendo enojar nuevamente a su joven compañero, hablándole de religión, cambió de conversación, que era grave e instructiva, pues, habiendo viajado mucho, conocÃa la lengua y las costumbres de diversos paÃses.