El Monasterio

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Alberto Glendinning, que ya temía verse obligado a salir de Escocia, lo escuchaba ansiosamente, dirigiéndole mil preguntas, a que su interlocutor se apresuraba a contestar. Por último, la conversación del anciano llegó a parecerle tan interesante que se olvidaba de que quien así discurría era un hereje, y volvió a llamarle «padre mío».

Al fin, las torres del castillo de Avenel se divisaron a lo lejos.

La situación de esta antigua fortaleza era notable; la ingente fábrica elevábase sobre una pequeña península en medio de un lago rodeado de montañas.

El lago tenía aproximadamente una milla de circunferencia, y estaba, como hemos dicho, circundado de rocas de prodigiosa altura; algunos matorrales y unos cuantos viejos árboles llenaban los barrancos que separaban una de otra. Lo más notable era aquella gran extensión de agua en medio de las montañas áridas y quebradas, cuya perspectiva, más bien salvaje que romántica o sublime, no estaba desprovista de encantos.

Durante el estío la superficie tersa y azulada del lago ofrecía un agradable golpe de vista, que inspiraba un sentimiento delicioso de paz y sosiego. En el invierno, cuando la nieve que coronaba las montañas parecía elevarse hasta las nubes, el lago, tranquilo e inmóvil, semejaba un vasto espejo en torno de la agreste península y de los muros seculares del antiguo castillo.


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