El Monasterio
El Monasterio —No corro ningún riesgo. Soy bien conocido de Cristián de Clint-hill, jefe de los hombres de armas de Julián Avenel; pero me tranquiliza más aún el no poseer nada que pueda excitar envidia.
En aquel momento oyéronse detrás de los viajeros los pasos de un caballo; el joven y el anciano se volvieron y vieron acercarse rápidamente hacia ellos a un caballero en quien Alberto reconoció a Cristián de Clint-hill.
—¡Ah! ¡Ah! Joven amigo —dijo Cristián, acercándose a Glendinning—, ¿por fin habéis venido aquÃ? Ya os anuncié que acabarÃais por ello. VenÃs a alistaros bajo las banderas de mi noble señor, ¿no es cierto? ¡Pues hacéis muy bien! Tendréis en mà un amigo que bien vale otro, y antes de un mes conoceréis el oficio como si hubierais nacido vestido con una casaca y con una lanza en la mano. ¿Quién es ese búho que os acompaña? No es del monasterio de Santa MarÃa, pues no lleva sobre la espalda el sello de ese ganado negro.
—Es un viajero que desea hablar con Julián Avenel. Yo voy a Edimburgo, pues quiero ver a la reina y la corte, y, cuando regrese, hablaremos del ofrecimiento que acabáis de hacerme. Ahora, como me habéis invitado muchas veces a visitar el castillo, vengo a reclamar hospitalidad por esta noche, para mà y para mi compañero.