El Monasterio
El Monasterio —Para vos, con mucho gusto, joven amigo; pero no recibimos a los peregrinos, ni a nadie que se les parezca.
—Permitidme que os advierta —dijo Warden— que traigo cartas de recomendación para vuestro amo. Me han sido entregadas por un amigo seguro a quien de buen grado prestarÃa un servicio más grande que el de concederme su protección durante corto tiempo. Además, no soy un peregrino, y desprecio la superstición que inspira a los que adoptan ese tÃtulo.
Y, dicho esto, presentó sus cartas a Cristián.
Este movió la cabeza y, al devolvérselas, dijo:
—¡Bueno! ¡Bueno! Mi amo es quien tiene que leer esto, y será todo lo que haga. Para mà la lanza es mi único libro, pues no he tenido otros desde la edad de doce años. Voy a conduciros al castillo y el barón de Avenel decidirá lo que deba hacer en vuestro favor.
Al llegar ante el puente levadizo, Cristián lanzó un agudo silbido para darse a conocer de los guardias, y el puente fue bajado inmediatamente. El caballero lo atravesó el primero y no tardó en desaparecer bajo la obscura bóveda que conducÃa al castillo.