El Monasterio
El Monasterio Glendinning y su compañero lo siguieron a distancia, deteniéndose un momento en la entrada, sobre la que se distinguían aún las armas de la casa de Avenel, grabadas sobre una piedra rojiza. Estas representaban una mujer con velo que ocupaba todo el campo del escudo, y, según se decía, era la imagen de la misteriosa Dama Blanca[19]. Estas armas, ya casi borradas por el tiempo, recordaron a Alberto las extrañas circunstancias que habían unido su destino al de María, y que le hicieron entablar relaciones con el espíritu protector de la familia de la joven huérfana. Esta imagen habíala visto ya grabada en el sello de Gualterio, salvado del saqueo y llevado a Glendearg cuando Alicia se vio obligada a abandonar su morada.
—Estáis suspirando, hijo mío —le dijo el anciano al advertir la penosa impresión que experimentaba Alberto, pero equivocando la causa que la había producido—; si teméis entrar, podemos volver sobre nuestros pasos.
—No, no, ya no es tiempo —dijo Cristián de Clint-hill, que entraba en aquel momento bajo la bóveda por una puerta lateral—. Volveos y mirad si os conviene atravesar el río a nado como los patos, o surcar el aire como los chorlitos.