El Monasterio
El Monasterio —Sin duda —se excusó sir Piercie— vuestras facultades mentales, apreciada Discreción, están perturbadas, o vuestros ojos no distinguen que es Piercie Shafton, vuestra Afabilidad, quien se encuentra ante vos, y que es inocente en absoluto. Hoy no se ha cometido otro asesinato, desdeñosa Discreción, que el de que se hacen culpables las miradas irritadas que me dirigÃs.
El subprior, que habÃa conferenciado aparte con MartÃn mientras sir Piercie pronunciaba este discurso, pudo enterarse de la noticia que se le comunicó a MarÃa Avenel sin ninguna precaución y que provocó el estado en que se encontraba.
—Señor —dijo gravemente el subprior—, acaban de decirme cosas tan extraordinarias, que, aunque me repugne hablar con tono autoritario, me obligan a pediros explicaciones: salisteis de esta torre al amanecer, acompañado del hijo mayor de la señora Glendinning y volvéis solo.
¿Dónde y a que hora lo habéis dejado?
El caballero, después de reflexionar un momento, contestó:
—He dejado a Alberto Glendinning una hora o dos después de haber amanecido.
—¿Pero dónde lo dejasteis?
—En una barranca profunda, en que hay una fuente frente a una roca soberbia, cual un Titán, hijo de la tierra, y que levanta su cumbre calva lo mismo que…