El Monasterio

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—No hagáis comparaciones, conocemos el sitio. Ese joven no ha vuelto, y es preciso que nos expliquéis su ausencia.

—¡Hijo mío! ¡Hijo mío! —exclamó Elspeth alarmada—. Sí, reverendo padre, tiene que darnos cuenta de Alberto.

—Os juro, buena señora, por el pan, que es el sostén de la vida corpórea, que…

¡Jurad por el vino y la buena comida que sostienen vuestra vida, inglés glotón! —exclamó Elspeth—. Un miserable, cuyo dios es su vientre y que viene aquí a comerse lo mejor que tenemos y luego mata a los que le salvan la vida.

—Os juro, señora, que fui a cazar con vuestro hijo.

—¡Caza en la que habéis dado muerte al joven! —exclamó Tibb—. Ya lo había previsto, al ver vuestro rostro de inglés. Los Piercie siempre han hecho daño a Escocia.

—¡Silencio! —ordenó el padre Eustaquio—. No quiero que se insulte a este caballero, en contra del cual no hay más que presunciones.

—Hemos de arrancarle el corazón —exclamó Elspeth, abalanzándose, lo mismo que Tibb, sobre el caballero, quien habría salido mal parado de tan brusca acometida si el subprior y Mysie no se hubieran apresurado a protegerle contra tan impetuosa acometida.


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