El Monasterio

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Eduardo, que había salido, volvió en aquel momento con una espada en la mano, seguido de Martín y Jasper, armados de una jabalina de caza, y con una ballesta, respectivamente.

—Guardad la puerta —les dijo—, y, si intenta salir, dadle muerte.

—¿Qué es eso, Eduardo? —exclamó el subprior—. ¿Olvidáis vuestros deberes hasta el extremo de intentar cometer un acto de violencia contra un huésped del monasterio, en mi presencia, ante el representante de vuestro Señor?

—Perdón, reverendo padre; pero la voz de la sangre habla más alto que la vuestra. Pregunto a este hombre qué ha hecho de mi hermano, el heredero de nuestro nombre; si se niega a contestarme, puede ponerse en guardia, pues no respetaré nada para vengar a un inocente.

Sir Piercie, sin amedrentarse, dijo con su natural altivez:

—Joven, envainad vuestra espada; sir Piercie Shafton no puede batirse en el mismo día con dos campesinos.

—¿Habéis oído, reverendo padre? —exclamó Eduardo—. Confiesa el hecho.


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