El Monasterio
El Monasterio —¡Tened paciencia, hijo mÃo! —contestó el subprior esforzándose por apaciguar a Eduardo—. ¡Paciencia, y confiad en mà para obtener justicia! Asà la obtendréis más fácilmente que por la violencia. Y vosotras, mujeres, callaos, o mejor, retiraos.
Tibb y las demás mujeres de la casa llevaron a la desgraciada madre de Alberto y a MarÃa Avenel a otra habitación. Eduardo, con la espada desnuda, se paseaba a lo largo de la estancia, sin dejar de vigilar a sir Piercie. El subprior instó nuevamente al caballero a que le informara de lo que habÃa ocurrido a Alberto mientras habÃa estado en su compañÃa.
Sir Piercie veÃase cada vez en situación más crÃtica. Su amor propio se sublevaba ante la idea de confesar el resultado de su encuentro con Glendinning, y se resistÃa a sufrir esa humillación. Además, tampoco podÃa decir qué habÃa sido de su adversario, puesto que él mismo lo ignoraba. Sin embargo, como el padre Eustaquio le apremiaba con sus preguntas, haciéndole observar que, si se negaba a referir lo ocurrido entre él y Alberto, hacÃa más verosÃmiles las sospechas que se tenÃan de él, viose obligado a contestar.