El Monasterio
El Monasterio —Es innegable —le dijo el padre Eustaquio— que ayer os encolerizasteis contra ese desgraciado joven; y vuestro resentimiento se calmó tan de repente, que todos nos quedamos sorprendidos. Anoche le propusisteis una partida de caza para hoy, y habéis salido al amanecer. Confesáis que lo habéis dejado una hora o dos después de la salida del sol, cerca de la fuente que nos habéis indicado, y parece que, antes de vuestra separación, tuvisteis una querella.
—No he dicho eso —contestó el caballero—, ni comprendo por qué se interesan tanto por un vasallo que probablemente habrá ido a unirse a alguna cuadrilla de merodeadores. ¿Es a mÃ, a un caballero de la sangre de los Piercie a quien pedÃs cuenta de un fugitivo? ¿Qué precio fijáis a su cabeza? Se la pagaré al convento.
—¡Confesáis, entonces, que habéis dado muerte a mi hermano! —exclamó Eduardo—. ¡Pues bien! Os diré el precio que los escoceses damos a la sangre de nuestras familias.