El Monasterio

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—¡Callaos, Eduardo, callaos! —ordenó el subprior—. Os lo ruego, os lo mando. En cuanto a vos, señor, no creáis que se puede derramar la sangre escocesa sin correr más riesgo que el de pagarla, como se paga el vino derramado en una orgía. Además, el joven Glendinning no era un siervo. En vuestro país no os atreveríais a levantar el brazo contra un súbdito inglés, pues las leyes os castigarían por dar muerte a un ciudadano, aunque este fuera el más infeliz del reino. Aquí ocurre lo mismo, y estáis equivocado si creéis otra cosa.

—¡Vais a conseguir que se agote mi paciencia! —exclamó sir Piercie Shafton—. Ignoro en absoluto qué ha sido de ese joven rústico que me abandonó dos horas después de la salida del sol.

—En ese caso, debéis explicar por qué, cómo y en qué circunstancias os ha dejado.

—¡Maldito sea el diablo! ¿Qué queréis que os explique? Protesto contra la violencia que estáis ejerciendo sobre mí, porque es indigna y contraria a las leyes de la hospitalidad; y deseo poner término a este interrogatorio, si las palabras bastan para dar fin a la discusión.

—Si las palabras no bastan —replicó Eduardo—, mi brazo bastará.


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