El Monasterio
El Monasterio —Si no fuera una indiscreción, reverendo padre, quisiera saber quién ha podido, con su testimonio, hacer recaer contra mà sospechas tan mal fundadas.
—Esto es muy fácil, y no tengo por qué ocultároslo. La señorita Avenel, temiendo que con el pretexto de una cita amistosa encubrieseis algún proyecto criminal contra su hermano adoptivo, encargó a MartÃn que os siguiera y evitase una desgracia. Vuestro odio burló sin duda todas las precauciones adoptadas, y MartÃn, después de buscaros por todo el valle, llegó al Corri-nan-shian, donde vio la hierba ensangrentada y un montón de tierra que parecÃa cubrir un hoyo reciente, lo que ha referido a quien lo habÃa enviado.
—¿Acaso no vio allà mi casaca? Pues, cuando recobré los sentidos me faltaba la casaca como podéis ver.
Y sir Piercie Shafton separó su capa sin advertir que mostraba la camisa ensangrentada.
—¡Bárbaro! —exclamó el subprior al ver confirmadas sus sospechas—. ¿Negaréis aún vuestro crimen, cuando sobre vos lleváis la sangre que habéis derramado? ¿Negaréis que habéis privado a una madre de su hijo, a nuestra comunidad de uno de sus vasallos, y a la reina de Escocia de uno de sus súbditos? ¿Qué podéis esperar ya? Lo menos que podemos hacer es entregaros a Inglaterra como indigno de nuestra protección.