El Monasterio
El Monasterio —Perdonadme, reverendo padre —contestó el caballero ruborizándose— que no responda a la primera pregunta, porque no tiene relación alguna con lo que nos interesa ni con la acusación que se me hace; cu cuanto a la segunda, no estoy mejor enterado que vos, pero supongo que ese joven aldeano ha hecho un pacto con Satanás. Os decÃa, pues, que aquella tarde oculté mis proyectos afectando serenidad, como hacen los hijos de Marte, cuyo rostro no revela hostilidad hasta que sus manos no empuñan las armas. Divertà a mi bella Discreción con canciones y otras fruslerÃas, que forzosamente habÃan de agradarle, y esta mañana me levanté muy temprano y fui a reunirme con mi antagonista, que se ha portado bravamente. En fin, llegados al lugar del combate, le he dirigido media docena de ataques, cualquiera de los cuales lo habrÃa podido enviar al otro mundo, si la repugnancia a aprovecharme de su inexperiencia no me lo hubiera impedido, pues habÃa resuelto no hacerle más que una herida sin importancia. Inspirado, sin duda, por el diablo, mi adversario me ofendió de nuevo, y, dejando de tenerle consideraciones, le asesté un golpe de tizona que debÃa partirlo en dos; pero se me escurrió el pie al mismo tiempo, y él, con su espada, me atravesó el pecho. El aldeano, asustado de un éxito tan inesperado como poco merecido, emprendió la fuga, me abandonó, y perdà el conocimiento a causa de la sangre que habÃa derramado. Cuando volvà en mÃ, me pareció despertar de un sueño profundo: estaba envuelto en mi capa, que me habÃa quitado al mismo tiempo que mi jubón, y me encontraba en medio de un macizo de álamos a cien pasos del sitio en que nos habÃamos batido. Sorprendido de no experimentar más que debilidad sin ningún dolor, apliqué mi mano a la herida, y la encontré curada y cicatrizada, como acabáis de ver. Me levanté como pude y regresé aquÃ, donde, al llegar, he visto que mi bella Discreción era vÃctima de una enfermedad repentina.