El Monasterio

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—Os declaro, reverendo padre, que protesto contra todas las suposiciones que puedan hacerse de mí, acerca del resultado. ¿El diablo no es capaz de tomar la forma de Alberto Glendinning para meterme en un nuevo aprieto? Desde que estoy en este país solo me ocurren diabluras. Yo, a quien Vincentio Saviola citaba como el más ágil y el más diestro de sus discípulos, recibo de un joven vaquero, que desconoce los principios de la esgrima, una estocada que me atraviesa el cuerpo. Vuelvo en mí, y mi herida está cerrada, faltándome solo el jubón, que deseo que se busque cuidadosamente, pues está forrado de raso, y me lo puse por primera vez el día de la fiesta que dio la reina en Southwark.

—Os apartáis de la cuestión, caballero. Os interrogo acerca de la vida de un hombre, ¡y me contestáis hablándome de un jubón viejo!

—¡Viejo! ¡Solo lo he lucido tres veces, y en toda la corte de Inglaterra existe otro más elegante, más rico y mejor cortado!

Por extraña que fuera la aventura, el recuerdo de la que le había ocurrido a él y la del padre sacristán algunos años antes, hizo que el subprior no supiera a ciencia cierta a qué atenerse, por lo que preguntó al caballero si tenía otros motivos que le indujeran a creer que el diablo había intervenido en ella.


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