El Monasterio
El Monasterio —A demostraros que ella o yo estamos hechizados, puesto que en vez de escuchar con gusto y agradecimiento unas cortesÃas que hubieran hecho estremecer el corazón de las bellas más orgullosas de la corte de Inglaterra, MarÃa las oye como quien oye llover. Hoy mismo, mientras me arrodillaba ante ella y le prodigaba el socorro de una esencia admirable, me ha rechazado como si fuera un objeto desagradable y repulsivo. Estos hechos no ocurren en el curso natural y ordinario de las cosas, y no se pueden explicar más que atribuyéndolos a la magia y al sortilegio. Ahora que he dado a vuestra reverencia cuenta sencilla, y verdadera de cuanto ha sucedido, le permito deducir cuanto crea oportuno; pero, de todos modos, estoy resuelto a marcharme a Edimburgo mañana tan pronto como amanezca.
—SentirÃa mucho poner obstáculos a vuestros proyectos, caballero; pero ese viaje me parece difÃcil.
—¡DifÃcil, reverendo padre! Sin embargo, lo he resuelto.
—Sir Piercie, os es imposible marchar hasta que su reverencia el abad de Santa MarÃa me comunique su decisión.
—Respeto muchÃsimo a vuestro abad —repuso el caballero, irguiéndose—, y le estoy muy reconocido; pero en esta ocasión, será mi parecer el que seguiré y no el de su reverencia.