El Monasterio
El Monasterio —Perdonad, caballero; pero en este asunto el abad tiene autoridad.
Las pálidas mejillas de sir Piercie fueron coloreándose cada vez más.
—Gran sorpresa —dijo— me produce oÃros. ¿Acaso os atreverÃais a atentar a la libertad de un miembro de la familia de los Piercie?
—Ni vuestra cólera, ni vuestro linaje, caballero, os servirán de nada en esta ocasión. No se dirá que un hombre que ha venido a buscar asilo en el territorio de Santa MarÃa ha derramado impunemente sangre escocesa.
—Os repito que la sangre derramada es la mÃa.
—Es lo que se trata de probar. Nosotros, los miembros de la comunidad de Santa MarÃa, no aceptamos un cuento de hadas en pago de la vida de uno de nuestros vasallos.
—Y nosotros, los miembros de la casa de Piercie, no cedemos a las amenazas ni a la violencia. Partiré mañana por la mañana.
—Caballero, vuestro viaje no podrá efectuarse tan pronto.
—¿Quién se atreverá a oponerse?
—¿Acaso creéis que en los dominios de Santa MarÃa no hay fuerzas suficientes para impediros marchar?