El Monasterio
El Monasterio —¿Y vos creéis que mi primo, el conde de Northumberland, no se vengará del trato que dais a uno de sus más próximos parientes?
—El abad de Santa MarÃa tiene poder temporal y espiritual, y defenderá los derechos de su territorio. Si os hiciéramos conducir mañana ante vuestro primo, ¿podrÃa acaso dejar de prenderos y enviaros a la reina de Inglaterra? Caballero, estáis colocado en un terreno resbaladizo; consentid de buena gana en constituiros en prisión aquà hasta que el abad resuelva. Tenemos hombres suficientes para impedir vuestra evasión. Tened, pues, paciencia y resignación, y someteos a las circunstancias.
El subprior dio entonces algunas palmadas y llamó en voz alta. Eduardo, que habÃa vuelto a ocupar su puesto, entró acompañado de dos jóvenes bien armados.
—Eduardo —le dijo—, tratad a sir Piercie Shafton como prisionero confiado a vuestros cuidados por el abad y el capÃtulo de Santa MarÃa. Cuidad que no carezca de nada; tratadlo con igual consideración que hasta ahora, pero no permitáis que salga de esta habitación. Si intentara huir, oponed la fuerza a la fuerza; pero, si se somete, no le toquéis ni un cabello, pues sois responsable.