El Monasterio

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—Reverendo padre —contestó Eduardo—, a fin de obedeceros, no veré más a este hombre, pues me avergonzaría de no ejecutar vuestras órdenes; pero mi vergüenza sería mayor aun dejando impune la muerte de mi hermano.

Al decir esto, parecía que la sangre abandonaba sus mejillas; sus labios se tomaron lívidos, y ya iba a salir de la estancia, cuando el subprior volvió a llamarle para decirle con tono solemne:

—Eduardo, os conozco desde vuestra infancia y he hecho cuanto he podido por seros útil. No os hablo de lo que me debéis como representante de vuestro señor temporal y espiritual, ni de la sumisión que un vasallo debe al subprior de Santa María; pero el padre Eustaquio espera que su amado discípulo Eduardo Glendinning no cometerá ningún acto de violencia contrario a sus deberes de cristiano y de súbdito, por muchos motivos que crea tener para ello.

—Lejos de mí, digno y respetable padre, la idea de faltar al respeto que debo a la santa comunidad, que siempre ha protegido a mi familia, y cometer ninguna acción que pueda haceros dudar de mi gratitud; pero la sangre de mi hermano pide venganza, y ya conocéis los principios del país que nos ha visto nacer.


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