El Monasterio
El Monasterio Y, capitán Clutterbuck, cuando conversó con vuestro compatriota Jedediah Cleishbotham, hubierais jurado, al oirlo, que había vivido en la época de Claverhouse y de Burley, con los perseguidores y los perseguidos, y que había podido contar los disparos que los dragones habían hecho a los puritanos en fuga.
También advertimos que ninguna novela, que tuviera algún valor, se escapaba a su curiosidad, y que el favorito de las ciencias conocía perfectamente los productos de vuestra patria, el país de Utopía. En otros términos, una joven modistilla no hubiera tenido a esa clase de obras afición más decidida que él.
Para citar este hecho, no encuentro mejor excusa que mi deseo de recordar una velada deliciosa, y de animaros a abandonar esa modestia que os impone el temor de hablar de encantamiento y leyendas en una epístola.
Siguiendo vuestro ejemplo, os citaré unos Versos del poeta latino Horacio, que os traduciré para vuestro uso personal, mi querido capitán, y el de vuestro pequeño círculo, excepción hecha del cura y del maestro de escuela, que pueden traducir ellos mismos sin ayuda ajena. Ne sit ancillæ tibi amor pudori, etc. «A ti, que has nacido en el país de los sueños, te es permitido hacer la corte a la musa que preside los juegos infantiles. A ella puedes mentirle. El poema de Homero es una lucubración de una fantasía creadora, pues ni aún siquiera este poeta ha existido».