El Monasterio

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—«Yo soy quien tiene derecho a vengarse» ha dicho el Señor —contestó el padre Eustaquio—. La costumbre que tiene esta comarca de vengar por sí misma la muerte de un pariente o de un amigo, ha hecho derramar en Escocia torrentes de sangre, y sería imposible enumerar sus funestas consecuencias. En la frontera del Este, los Homes combaten contra los Swintons; en la del Mediodía, los Scotts y los Kerrs han derramado más sangre en querellas domésticas de la que hubiera corrido en una batalla librada en Inglaterra; en la del Oeste, los Johnstones han jurado odio mortal a los Maxwells, y los Bells a los Jardines. Nuestra juventud más escogida, que debería ser nuestro amparo contra los enemigos extranjeros, desaparece en combates particulares, cuyo resultado es la devastación del suelo natal. No permitáis, querido Eduardo, que este fatal prejuicio se apodere de vos. No os pido que reflexionéis, como si este asunto no os tocara de cerca, pues sé que es imposible; pero cuanto más dolor os ocasione la muerte, no probada aún, de vuestro hermano, más deseo debéis tener de que la justicia resplandezca. Sir Piercie me ha referido cosas extraordinarias que, ni por un momento, hubiera dejado de rechazar como por absurdas si no recordara una aventura que a mí mismo me ocurrió en este valle; pero este no es el momento de hablar de ello. Baste deciros que por inverosímiles que parezcan los hechos, cuyo relato acabo de oír, mi experiencia me prohíbe declararlos imposibles.


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