El Monasterio

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—El subprior veía con sorpresa que Eduardo, a pesar de su humildad habitual, sostenía los principios erróneos de sus antepasados y de las gentes que le rodeaban. Sus ojos lanzaban chispas, sus miembros temblaban, y hubiera podido creerse, por la expresión que animaba su rostro, que estaba sediento de venganza.

—¡Que Dios nos ampare! —exclamó—. ¡Qué débiles somos! ¡Qué difícil es para nosotros resistir las tentaciones! Eduardo, prometed no hacer nada con temeraria precipitación. En ello confío.

—Ya os he prometido, padre, esperar el fallo del abad de Santa María. Pero la sangre de mi hermano, las lágrimas de mi madre y las de María Avenel, no se habrán derramado impunemente. No os engañaré, padre; si Piercie Shafton ha dado muerte a mi hermano, morirá, ¡aunque toda la sangre de los Piercie circulara por sus venas!

El tono y la firmeza con que Eduardo pronunció estas palabras, revelaban un propósito solemne y una resolución inquebrantable. El padre Eustaquio suspiró, y, cediendo a las circunstancias, ordenó que le llevaran luces y comenzó a pasear por la estancia.


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