El Monasterio
El Monasterio Las ideas se sucedían tumultuosamente en su cerebro. Su razón se negaba a dar crédito al relato que sir Piercie Shafton le había hecho de la curación de su herida; pero lo que le había acontecido a él y la aventura del padre sacristán en aquel mismo valle, no le permitía calificar de impostor a sir Piercie.
Tampoco sabía cómo contener en su justo límite el cariño fraternal de Eduardo, respecto del cual estaba en la misma situación que el guardián de una fiera, un león o un tigre domesticado en su infancia, y al que alguna circunstancia imprevista devuelve su natural ferocidad, en cuya circunstancia no escucha ya la voz de su amo y amenaza a quien le da el alimento. ¿Cómo calmar esta sed de venganza que el ejemplo y las costumbres del país fomentaban?